Peter Brooke

El poder de la sencillez

Editorial

Por Daniel Dimeco

El pánico que asalta al escritor delante de la hoja en blanco cuando se dispone a empezar una obra, la supuesta nada ante los ojos del autor, como si el proceso de creación se iniciase de esa manera, así, tan pasivamente, tiene su correlato teatral en el espacio vacío. Peter Brook dice: Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que necesita para realizar un acto teatral.

El espacio vacío y la sencillez son dos de las grandes contribuciones que el director británico le ha regalado al teatro universal. Por ello y por ser un «maestro de generaciones» y «el mejor director teatral del siglo XX», el jurado de los Premios Princesa de Asturias 2019 lo acaba de distinguir en la categoría de las Artes.

Peter Brook es de esas personas capaces de producir una tormenta a partir de la calma. Es posible oler el aire tibio que se adelanta al hecho dramático generando una atmósfera llena de posibilidades. Brook posee el don y la sabiduría de conducir al actor por sitios carentes de toda ornamentación y conseguir, juntos, que nazca una selva.

El salto fundamental en la evolución de Peter Brook como director se produce en los años setenta, en lo más alto del éxito de su carrera, en el instante ese en el que cualquier otro habría decidido instalarse en la poltrona y reinar a gusto oyendo los aplausos de los palmeros. Para entonces, Brook había triunfado en Londres, con la Royal Shakespeare Company y con la Royal Opera House, y en Nueva York. Había trabajado con sir Laurence Olivier, sir John Gielgud y Glenda Jackson, entre otros muchos, pero se traslada a París a buscar su teatro, el que lo ha convertido en uno de los más grandes reinventores del teatro contemporáneo. Peter Brook hace de la investigación su modo de trabajo. Y lo investigado tiene que probarse todo el tiempo para, de ese modo, revitalizar constantemente la representación dramática. Así es como se aparta de la estructura más rígida de compañía teatral y se acerca a la de «centro de investigación» o «centro de creación», donde van a tener cabida actores y actrices de las más diversas culturas reunidos en el parisino Théâtre des Bouffes du Nord.

Peter Brook se aleja del confort del que habla en el «teatro mortal» para lanzarse a la experimentación y a las improvisaciones en entornos que nada tienen que ver con el habitual del teatro europeo. Viaja al desierto y a pequeños poblados de África con la intención de insuflar, en sitios en los que jamás habían visto una función con actores, las ganas de generar actos teatrales a partir de espacios vacíos y con los elementos estrictamente necesarios. Así, al mismo tiempo que grupos reducidos de artistas alentaban a grupos más extensos, los actores y actrices conseguían destruir estereotipos y generar acciones impredecibles en un contexto de participación totalmente ajeno al originalmente propio.

Peter Brook ha manifestado en incontables ocasiones que no se considera a sí mismo como un creador, palabra que reserva, y en mayúscula, para el Creador del Universo, sin que en ello esconda ninguna idea religiosa. Él se inclina por calificarse como el instrumento de una orquesta capaz de aportar luz en momentos de oscuridad. O, lo que también podríamos llamar, un gran artesano para el que «la ausencia de decorado es un requisito previo para poner en marcha la imaginación».

revista de teatro español

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