UN ROBLE

Autor: TIM CROUCH

Dirección: CARLOS TUÑÓN

Reparto: LUÍS SOROLLA y un intérprete nuevo cada función

Al día siguiente, regresé a Teatro de la Abadía para asistir a una función de Un roble, de Tim Crouch, también teatro inmersivo, y dirigido, igualmente, por Carlos Tuñón. El intérprete era otro, sin embargo, un actor para mí no tan desconocido, Luís Sorolla; pero se esperaba también a otro intérprete sorpresa, cada día a uno distinto. Y este misterioso actor agregado sería, al final, el verdadero protagonista de la historia. A veces, los finales son principios…

El ambiente de esa tarde a las puertas de la Sala Jose Luís Alonso era distinto de aquel en el que participé la noche anterior, en ese mismo lugar. Gente conocida de la profesión se saludaba y charlaba animadamente esperando acceder a la sala y disfrutar de la función de Un Roble. Conocía a la mayoría de los presentes, pero ellos a mí no me ponen cara, tan solo algunos leerán mis artículos -ojalá sean muchos-. Me sentía como una detective que puede ser descubierta precisamente por ir de incógnito. Era divertido, y también algo incómodo -nada que ver con los momentos previos a Sea Wall-. Alguna mujer a la que admiro pasó delante de mí sin girar siquiera su cabeza, con su pelo largo como un velo negro sobre sus hombros, empeñado en perseguirla…

Me acomodé en mi butaca lo antes posible y -¡sorpresa!- se acomodaron junto a mí Juan Pastor y Teresa Valentín. Me pareció una falta de educación no saludar a Teresa, ya que ella siempre que se ha percatado de mi presencia y de mi identidad se ha interesado por mí. Les recordé el nombre de nuestra revista y Teresa me recordó. Ya no estaba “sola”, la experiencia sería distinta.

Antes el acomodador había errado al orientarme hacia mi asiento y este hecho fallido me había permitido mirar a los ojos de Luís Sorolla y devolverle la sonrisa. Estaba sentado en la primera fila y recibía de este modo al público. Bromeé con el acomodador que, al parecer, tenía un mal día, el primer día de trabajo en La Abadía, según me dijo. Al comprobar que tuvo más errores con otras personas me pregunté si no formaba parte del “espectáculo”, todo es susceptible de “formar parte” en el teatro inmersivo. Pero lo hermoso de estas propuestas artísticas es precisamente eso: el difuso trazado de lo fronterizo entre realidad y ficción, quedando a salvo la incertidumbre.

La incertidumbre es un principio básico de lo vivo, ya que la vida nada tiene que ver con el estatismo, y sí con la transformación constante, con el acontecimiento. Lo que acontece es predecible en mayor o menor grado dependiendo de estadísticas, pero las estadísticas fallan. Siempre surgen excepciones. Así que, si queremos vivir, tendremos que aceptar que la verdadera vida es el experimento continuo.

Cierto tipo de público de cierto tipo de espectáculos suele parapetarse tras de la fila de asientos que precede a aquel en el que le han acomodado, o bien en la oscuridad de la sala, si el acomodo es en la primera fila. En el teatro inmersivo que nos propone Tim Crouch esta perspectiva no es posible, o no en sumo grado. Algunos espectadores somos eso, “espectadores”, artistas del escapismo capaces de cualquier cosa por desaparecer de escena, como en un truco de magia. Pero al menos con Crouch nos resulta más difícil esconder nuestro voyerismo de fábrica. Durante la infancia, cuanto menos solemos involucrarnos en las dinámicas de grupo, más se dispara nuestra fantasía, a menudo de forma sorprendente. No me extraña, estamos deseando jugar, formar parte del juego en común. Sobre todo los adultos, antiguos niños que permanecen presos en su exigencia cotidiana, en esa realidad constreñida a lo que supuestamente nos aporta bienestar, ganancia que se nos promete al involucrarnos de lleno en este otro juego no falto de peligro que es el mundo. Así que cerramos las puertas y conectamos las alarmas, trazamos y vigilamos las fronteras, excluimos de nuestro entorno lo que nos haga sentirnos inseguros. O, al menos, lo intentamos, otra cosa es que sea factible el absoluto. Luego viene la Naturaleza a recordarnos que no hay nada seguro, nos endosa una serie de catástrofes que miramos tras de la pantalla de los televisores como si de ficción se tratase. ¿Por qué no volver a abrirse entonces a esa ficción que tan fácilmente nos atrapa?

Hipnosis. Se trata de sumergirse en las probabilidades del “ser o no ser”, del “ser o estar”. Se trata de atreverse a cuestionar qué cosa es cada cosa, sin ideas preconcebidas, sin juicios previos. No hay otra forma de iniciar un juego, por muchos “juguetes” que se nos faciliten. En la imaginación y su poder de transformación está la clave de la redención, la puerta de salida del infierno. Cuanto más sinergias puedan darse entre mentes y cuerpos pensantes reunidos en torno a un lugar y explorando al unísono sobre las mismas cuestiones, más capacidad de milagro habrá en el hecho artístico. El Teatro como disciplina tiene mucho de magia, de creación colectiva, de ritual con resultado catártico. Bien lo sabe Tim Crouch, aunque lo hubiéramos olvidado, o por si acaso lo habíamos olvidado. Y en el caso de haber sido olvidado, ¡qué fortuna poder redescubrirlo! Liberemos nuestra energía para que esté a pleno rendimiento durante la propuesta de juego. Es urgente, tenemos mucho que resolver y no tenemos ni idea de cómo hacerlo, hemos entrado en bucle en “temas” que, curiosamente, consideramos perentorios. ¿ Y si exploramos cómo sería utilizar nuestras capacidades en algo creativo que resuelva o anule los conflictos? ¿Y si lo que se nos antoja concreto pudiese contener en sí cualquier concepto que quisiéramos adjudicarle? ¿Y si esto hubiese sido así desde el principio de los tiempos y se nos hubiera ido olvidando el origen del mundo? Nos lo hemos inventado todo, hasta una entidad divina a la que responsabilizar de nuestra tendencia al abandono, a la rendición, a la costumbre. Consideremos estos tiempos como un ramillete de posibilidades infinitas entregado y olvidado en algún rincón, tapado por el polvo. Deshojemos el ramillete o compongamos uno nuevo.

Este árbol al que abrazo, avejentado y gris, en mitad del asfalto, fue en su día una semilla. Si me empeño en que dé frutos, podría volver a serlo. Ha sido en este tiempo desde un mueble a un barco, ha ardido en las hogueras, ha servido de estuche hermético para el pasado. ¡Qué no podría ser si soy capaz de imaginarlo!

Es complicado no hacer spoiler, aunque no tanto, si se consigue escribir a partir de esta experiencia ya vivida en el Teatro de la Abadía -antes en El Pavón Teatro Kamikaze- dirigida en lo previo por Carlos Tuñón y conducida in situ tanto por el propio texto de Tim Crouch como por el actor que conocía dicho texto de antemano, Luís Sorolla. La noche que formé parte de la experiencia, el otro actor que intervino interpretando las palabras escritas por el dramaturgo fue… Sinceramente, ¿y eso qué importa? Fue generoso, venció su posible pánico escénico -ya se sabe que no todo actor gusta de improvisaciones frente al público-, se sintió -supongo- como una especie de marioneta, rebasó sin duda sus propias expectativas, y también las nuestras. Fue lo que somos, un conejillo de indias en manos de lo que acontece, con un mínimo control sobre el hecho en sí, pero con una capacidad asombrosa de transformación y de redención.

A veces los finales son principios…

Próximamente, versión papel del ejemplar 5

Crónicas

Por MJ Cortés Robles

CRÓNICAS DEL Teatro de La Abadía

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