CRÓNICA DE Teatro Infanta Isabel

LA TERNURA

Texto y dirección: ALFREDO SANZOL

TEATRO DE LA CIUDAD

Fui a ver La Ternura cuando ya estaba todo dicho sobre esta maravillosa comedia escrita y dirigida por Alfredo Sanzol. Tras su estreno en Teatro de la Abadía y su gira posterior, lleva programada una larga temporada en el Teatro Infanta Isabel con gran éxito de crítica y de público. Es una obra enmarcada dentro del proyecto Teatro de la Ciudad, en cuyos talleres tuve el placer de participar como oyente, en su primera etapa, durante el proceso de investigación de las tragedias. Algo nuevo que sí puedo contar es la impresión que me causó Sanzol durante los ensayos de Edipo rey. Durante una entrevista a algunos de quienes participamos en los talleres, dije de él que era como un lago profundo. Recuerdo los momentos en los que se interesaba por nuestras opiniones, durante los ensayos que presenciamos; su manera de escucharnos, sus silencios, su ritmo interno, pausado, casi un retardando musical en espera de la nota precisa.

Sin embargo, puedo decir ahora que el talento de Sanzol brilla intensamente cuando se expresa a través de la comedia, ahí donde el ritmo se precipita como un arroyo por una pendiente, de forma aparentemente desordenada, provocando el canto de las piedras. Desde luego fluye toda esa oscuridad que habita en lo profundo, pero brilla en la superficie, salta y juega.

Puede que esta cualidad de mostrar fácilmente el afecto, la dulzura y la simpatía por otra persona, la cualidad de la ternura, tenga todo que ver con Sanzol, pero también conmigo, con todo ser humano, si no enferma. Construir en positivo esa montaña solidaria del abandono del egoísmo en pro del bien común, solo puede llevarse a cabo con capacidad de ternura, un paso más allá de la empatía, y un paso previo al amor, que requiere entrega a los cuidados ajenos. Lo constitutivo del ser humano no es prescindible. Por otra parte, proteger del dolor es evitar la vida, una quimera.

Si Shakespeare levantase la cabeza y viese la función de Sanzol, resucitaba. Yo resucité bastante la otra tarde, casi del todo. ¡Qué bien se lo pasan los actores en escena durante esta función! ¡Cuánto se agradece esto! El elenco parece un grupo de infantes juagando a la vida: ingenuos, simples, desnortados; un puñado de personas curiosas, vulnerables, con hambre de alegría, de entusiasmo. Naufragados en el azul de los telones de fondo, prendidos a las otras épocas que ilustran sus ropajes, llegan hasta su público sin equipaje alguno, hasta esa isla imposible del escenario. Cualquier cosa compartida alimenta su espíritu: presencias o palabras. Y el anhelo viene siempre de lo posible. Queda demostrado a través de su trabajo que ningún ser humano es una isla, aunque se empeñe en serlo o pretenda olvidarse. Queda demostrado lo inevitable del encuentro, la risa que sobreviene y que arrasa los obstáculos, el tierno deshacerse de las algas tras el envite de una ola. ¡Ay, ternura, bendito experimento!

Y es que volvería a decirlo mil veces: lo inusitado y asombroso es la capacidad de juego con respecto a algo tan manoseado, traído y llevado, pisoteado, endiosado, pensado y repensado, hecho y rehecho, fagocitado hasta la náusea. Mil nombres, un millón de libros descriptivos, de filosofías diversas, creencias y agnosticismos. Millones de años para resolver lo supuestamente tan complejo, para llegar a la esencia: a la ternura, el germen de todo. No sé qué hago intelectualizando, entonces, de nuevo. Quisiera subirme en la próxima función con ellos y formar parte de la pirámide de abrazos, o dejarme mirar del modo en que se miran, para descubrirme tierna. Una se harta de resistencia y de artificio, de tanto constructo social con distintos nombres, de normativas tan éticas como frías, de soledades y de islas. Permítanme disfrutar de experiencias como esta sin complejos, y luego ya, ser consciente de lo monstruoso y de lo enfermo, acudir a manifestaciones en defensa precisamente de esto, de una actitud afectuosa hacia los demás y de un profundo respeto, de lo contrario a la violencia y al enfrentamiento. Hay que permitirse volver a la vida después del trauma, generar redes que nos sostengan a través de fuertes vínculos.

Ahora bien, ¿es esto lo que nos propone Sanzol, respeto y altruismo? Atendamos a una visión más analítica de la experiencia artística. Esta forma de ver el amor que se refleja en la obra, como un sentimiento incontrolable e irracional que no responde a la lógica, continúa enraizada en la tradición del amor romántico, la que vincula al amor con el sufrimiento. Los personajes huyen precisamente de ese sufrimiento, de la autodestrucción; intentan conservar ambas estirpes sin mezclarse, la de los hombres por un lado y la de las mujeres por el otro; pero el autor lo impide, suponiéndolo un absurdo. Para complicar otras soluciones posibles al dilema que se plantea, los vínculos que unen a los miembros de los respectivos grupos son consanguíneos. Eso no quiere decir que entre los miembros de cada grupo no pueda existir ternura, pero la demostración de este sentimiento entre ellos tiene límites ya preestablecidos. Entonces, ¿de qué necesidad hablamos, de qué instinto? Parece que de la atracción física que impulsa la intimidad sexual, pero esto queda oculto tras el recurso de los equívocos: bajo el disfraz siempre queda lo que concuerda con las costumbres más tradicionales. La propuesta de Sanzol no escarba en la oscuridad, sino que expone su argumento bajo una brillante luz que, al enfocarnos directamente, nos hace cosquillas.

Resulta un acierto, por tanto, toda reminiscencia isabelina, toda alusión a una batalla y a un naufragio, ya que de aquellos barros, estos lodos. Creo firmemente que el esfuerzo de Sanzol y de su equipo tiene una vocación sanadora, que busca una perspectiva igualitaria, aunque tenga que simplificar hasta lo naif, en aras de la comedia. Claro, la segunda parte de la historia –si la hubiese- quizá sería un drama, ya que tendría que ver no con el “enamoramiento”, sino con la convivencia a largo plazo y el compromiso. Todo en las relaciones amorosas resulta complejo e incierto, tanto o más que la maraña de engaños que en la obra queda descrita. Se podría considerar un argumento circular: empieza por un final para abocarse a un principio que posiblemente acabará del mismo modo. De lo que nos reímos entonces es de la reincidencia, como si no hubiera remedio. Antes de buscar remediarlo, de hallar la cura, de someternos a las terapias precisas, lo más inteligente es mirarnos en el espejo con simpatía, rescatar lo rescatable. Necesitamos esta perspectiva del humor para tolerar mejor un cierto sentimiento de vergüenza, pero no ajena, sino cierto pudor que se produce durante la función, al reconocernos en las tonterías y en las simplezas puestas de relevancia sobre la escena. El efecto más hermoso que provoca esta función es que sentimos ternura hacia nuestra propia persona, nos congraciamos con ella, aunque sea unas horas, unos días, y, de paso, con el mundo.

No sé cómo se apaña Sanzol para que no le afecten los premios, recibe uno detrás de otro sin que parezca inmutarse, a las pruebas que pueden consultarse me remito: Premio Valle Inclán, el Nacional de Literatura Dramática, premios Max…

La fortuna tampoco a mí me maltrata, ya que puedo disfrutar de este modo de su obra y permitirme el lujo incluso de comentarla, espero que de forma acertada.

Crónicas

Por MJ Cortés Robles

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