CRÓNICAS DE Teatro de la Abadía

INTENSAMENTE AZULES

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Autor y director: JUAN MAYORGA

Arribé a la Abadía sobre las siete y poco de la tarde, como tenía previsto. El cielo que nos cubría, intensamente azul. Muchas personas congregadas a las puertas para Nekrassov, no tantas todavía para la propuesta de Mayorga. Llegué muy pronto.

El cielo iba recuperando su oscura sensatez, al tiempo que ingresábamos en la sala Jose Luís Alonso. Desde el asiento que me asignaron, fui testigo de la llegada del dramaturgo y académico Juan Mayorga, autor y director de la obra que íbamos a presenciar. Conversó brevemente con el acomodador y echó un vistazo al público. Procuré disimular mi interés, no me pregunten por qué. Conozco a Mayorga, nos presentaron en su momento y me facilitó su teléfono para concertar una entrevista que aún no ha llegado a producirse. Hemos coincidido como espectadores en diferentes espectáculos internacionales. Alguna vez le he saludado y me ha devuelto el saludo, muy amablemente, muy normal, con relativo interés. Esta vez me comporté como si no le conociese, cuando me levanté para facilitarle el paso hasta su asiento. Se sentó en la misma fila que yo, un poco más centrado. Quizá él me recordase, quizá no… A mi derecha se sentó una mujer que parecía un personaje de ficción infiltrado entre el público: enorme en todos los sentidos, muy clown. Hizo como que apagaba el móvil, pero lo dejó encendido, seguramente por desconocimiento del método. Me ofrecí a apagárselo, pero no supe. Por eso sonó ese aparato infernal durante la función, por puñetera ignorancia. Menciono a esta espectadora porque me resultó un contrapunto a lo que sucedía en la escena. Iba algo trastornada, quizá bebida o bajo los efectos de alguna medicación. Tan pronto reía a carcajadas, de una manera franca, naif y contagiosa, como se quedaba dormida. Al final del espectáculo se puso en pie y se hartó de gritar «bravos». El hecho de que una persona en ese estado disfrutase de una función en donde el hilo conductor es filosófico, pone de manifiesto la eficacia del truco empleado para traducir a Schopenhauer, truco en el sentido de fórmula mágica.

Allí estábamos, unos y otros, los iniciados y los salvajes, los pensadores, los hacedores, los que se encogen de hombros y los que cruzan los brazos. La sala repleta, de todo habría y dentro de cada cual habría de todo. El caso es que Cesar Sarachu abrió un baúl y captó nuestra atención durante una hora y cuarto. ¡Con qué poco elemento añadido y con cuánto puesto de su parte nos condujo este estupendo actor por esa historia ridícula y fascinante de Mayorga con la que nos identificábamos sin saber muy bien ni por qué ni cómo! ¿Y si nuestra opinión sobre el mundo estuviese sujeta a la mirada, según el enfoque y el filtro, radicalmente distinta? ¿Y si esa mirada sobre la realidad cambiase radicalmente con tan solo interponer un filtro de un color diferente, entre nuestra percepción y el mundo? Probablemente nuestra actitud ante las personas y los acontecimientos se vería modificada, y también la actitud de los demás al relacionarse o no con nosotros. Una vez más la perspectiva como clave, pero en clave de humor. Hay que hacer lo necesario para lograr mejorar nuestra visión de los acontecimientos, para poder valorar así lo que ocurre en nuestro entorno, incluso más allá, hasta donde alcance la imaginación, ilustrada a base de sabiduría específica. En un momento del texto escribe Mayorga: «No era cómodo, pero sabía por dónde iba». Voluntad de acción. ¿Libre determinación absoluta o condicionada por un suceso fortuito? Se le rompieron las gafas y se vio obligado o se le ocurrió a utilizar otras supuestamente apropiadas para las profundidades, para sumergirse en un medio distinto al habitual.

«Somos el inconsciente de ese que se nos aparece en el sueño», nos sugiere más adelante Mayorga por boca de Sarachu. O dicho de otro modo: son los sueños los que dirigen nuestros pasos. El texto y su puesta en escena tienen mucho de onírico: la música de Jordi Francés, la escenografía de Alejandro Andújar y la iluminación de Cornejo; la historia en sí, con su advertencia sobre el advenimiento del diluvio. Todo es susceptible de suceder, pero si no lo veo no lo creo, o sí, depende del filtro, de la graduación y del color que se interpone entre mi mirada y el suceso a observar. Si el filtro es la imaginación (ese medio aéreo), alcanzaremos orillas extremas, pero es sano llevar contrapeso al iniciar el viaje, para tener control sobre el cuándo y el cómo del imprescindible aterrizaje.

Ningún filtro te salva de la confrontación en tierra firme, recién salido de entre las aguas, como un salmón que se desvía un ápice al dar el salto contracorriente. Hay que luchar por las identidades; «ser» no es tan sencillo, se puede «no ser», ya lo dijo Hamlet, ya lo vivió el Quijote… No siempre se cuenta con el apoyo de los seres queridos, los afectos pueden darnos la espalda o como mínimo avergonzarse francamente de nuestra apariencia y nuestro discurso. Nadie dijo que fuese fácil, solo interesante, intenso. Aquel que mira distinto puede despertar sospechas, suponer una amenaza… Pero también hay gente dispuesta a unirse a las causas perdidas, incluso si nadie se lo pide: “Voy a defender su derecho a conducir su vida como guste, aunque me cueste la mía” Pero no cualquiera nos sirve, ni siquiera para intercambiar impresiones: «Quien quiera entenderlo, lo entenderá inmediatamente. A quien no lo entienda, de nada servirá darle explicaciones.» El peligro de la ciencia, las supuestas certezas que pueden poner al mundo entero en peligro. El poder en manos de unos privilegiados, la capacidad de decidir, por ejemplo, que nuestra especie se extinga o de salvarla. La frivolidad en las altas esferas, entre los que mandan con la complicidad de los medios de información, la censura pura y dura… Las transformaciones en superficie, fuera del medio natural, alejados del fondo de los asuntos, de la naturaleza de los seres. Las apariencias, que engañan a quien lo admite. Contra el inmovilismo o el dejarse arrastrar por las corrientes, el pensamiento que cambia de dirección, que gira sobre sí mismo y avanza en dirección opuesta a la fuerza del agua que se despeña.

El sentimiento de pertenencia es una necesidad innata, imprescindible de atender en aras de nuestro equilibrio y de nuestro desarrollo como individuos. Somos interdependientes, hay que abrirse al mundo, pese a los impedimentos de la burocracia cerrando fronteras. Por nuestra propia supervivencia, por la mejora de nuestra vida en común, por nuestro propio futuro y el de las generaciones que nos persiguen, es importante transmitir conocimiento. Para aprender matemáticas de un modo útil, hay que ser poseedor de una base filosófica. Habría que educar a las nuevas generaciones procurando que desarrollen su capacidad de cuestionarse asuntos de diversa índole, que sientan la necesidad y la obligación de reflexionar sobre ellos, que se capaciten a través del ejercicio del libre pensamiento para tomar decisiones con respecto a su propia vida y al impacto que esas decisiones causen en la sociedad, que se sientan preparados para asumir los compromisos que dicha sociedad les demande o que ellos mismos generen con el ánimo de mejorarla. “(…) el silencio tiene consecuencias”.

«El orden de las palabras es esencial», escribe Mayorga. No es tarea baladí el procurar ajustar las palabras lo máximo posible al pensamiento que se pretende expresar. Componer el discurso consciente de que el lenguaje tiene una estructura lógica y, a la vez, una fuga poética que lo invita a trascender el mensaje implícito. Considero que la ironía le ha servido al autor y director para abrir conciencias. «Nadie puede ser como es, pero tampoco puede ser otra cosa. Nadie puede retroceder de su propio cuerpo.» Utilizando la llave del humor, nos ha metido entre pecho y espalda una disquisición filosófica con mucha enjundia. La ingenuidad, sin embargo, es el contrapunto, la fuga, lo conmovedor, lo trascendente, la esencia… «No podemos conocer el mundo porque lo conduce una voluntad ciega de la que formamos parte (…) Pero se puede leer a Schopenhauer y tomar helado de fresa» Todo es representación. «Para Calderón, el sueño no es lo opuesto a la vigilia, sino una esfera que la envuelve» «Pues peor me lo pones»- ha sido la respuesta-

El texto es una maravilla, representado magistralmente por César Sarachu, o leído directamente. Ambos ejercicios consecutivos, sería lo idóneo… Por si aún no se ha notado, hago costar que he intentado inmiscuirme en voluntades ajenas a través de esta crónica: Vayan y vean, consigan el libro y lean.

Crónicas

Por MJ Cortés Robles

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