INTEMPERIE

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Cristina Redondo

Directora: Laura Ortega

Según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ‘la familia es el elemento natural, universal y fundamental de la sociedad’. Cristina Redondo le toma el pulso a esta institución en su obra Intemperie, que se estrena estos días en El Ambigú del Pavón Teatro Kamikaze. El tema que late de fondo en este texto es muy concreto y, al ser tabú, se expresa de forma tácita: El incesto. Es cierto que, una vez llevado a escena, se podría intentar obviar, pues nada grave ocurre en apariencia. Podríamos indagar en la emoción que se destila a través de cada elemento escénico, fijarnos en la coreografía de movimientos, en la iluminación, en los apoyos musicales, en lo que nos sugieren otros efectos. Sin embargo, algo queda sujeto de la gestualidad de los actores, de la sensualidad rítmica que los envuelve, de lo pronunciado y de los silencios. Algo se desprende lentamente para sobrevenirnos de pronto y generar desasosiego. A muchos quizá ya fuera del teatro, o al cabo de los días, en medio de su acontecer cotidiano. Todo secreto común se enquista.

Espero que el público no se quede en lo anecdótico, por muy afectado que se encuentre a esos niveles… Quiero creer que la mezcla de crudeza y metáfora en el texto, junto con la sensibilidad con la que ha dirigido Laura Ortega, harán despertar a los que dormiten, los pondrá en alerta y, en suma, evidenciará la controversia. ‘La delicadeza es la única fuerza’ -que dice Soraya García, poetisa y amiga-

Me interesa mucho esta raza de artistas valientes y la repercusión de sus apuestas. Les necesitamos. Que un pilar fundamental de nuestra sociedad se tambalee, creo que algo quiere decir, y que es conveniente llevarlo a los escenarios, que urge reflexionarlo. Quizá los hechos incómodos que dan sentido a este texto sean consecuencia de lo enfermizo de la estructura social en la que estamos insertos, de la caducidad de unos esquemas mentales que habría que replantearse. Lo que convendría es hacer limpieza.

Eso es precisamente lo que pretende Nita (Andrea Trepart) cuando convoca a su hermano Johnny (Juan Trueba) -el resto de su familia brillará por su ausencia-. No se posa el olvido sobre una herida abierta, pese al tiempo y la distancia. La impronta de lo vivido cuando es virgen la ternura, nos conforma como adultos. El amor filial corre siempre por las venas, aunque a veces se estanque y se corrompa. Nita sabe que no hay salida. Tan solo deambular al filo de lo imposible, en la intemperie. “Quedar expuesto a todo tipo de inclemencias, sin protección”. Lanzarse al vacío. Remontar a su hermano ahogado, hundido por fin en las profundidades. Una alucinación de muerte en vida, o de vida en muerte.
Como cronista teatral, me doy cuenta del interés que suscita el subconsciente, lo no dicho, lo oculto. Tanto es así, que lo onírico, lo referido al sueño, a la trasformación vertiginosa del espacio y a la ausencia de tiempo, se hace presente en cuanto al lenguaje escénico utilizado en muchos montajes, también en el caso que nos ocupa, con la dirección de Laura Ortega. En el ensayo previo al estreno al que fui convocada la otra tarde, fragmentos de algunas escenas tendían a ralentizarse, se escapaban del presente de los personajes para rememorar sensaciones, emociones, acciones o diálogos de su pasado. A veces, se distinguían al unísono varios planos temporales. Incluso el desdoblarse en el sueño, la extraña capacidad de vernos pese a la ausencia de espejo, quedó patente unos instantes, mientras Nita observaba su propia sombra proyectada en la pared. Se juega también la perspectiva espacial, introduciendo variaciones de profundidad y de ángulo con respecto a la mirada del público. Esta estructura de dimensiones diversas evoca lo reflexivo, nos convoca a cuestionarlo todo. También alude al acontecer alterado en el que se ven inmersos los personajes, a la imposibilidad de romper esa sucesión de lo recurrente que les condiciona, lo obsesivo. El texto de Cristina Redondo utiliza la repetición como recurso. El inicio de los parlamentos de los personajes en distintas escenas es prácticamente el mismo, con leves diferencias. El público podría considerar que todo está ocurriendo en la cabeza de Nita, que fantasea con la posibilidad de un último encuentro con su hermano y que, en realidad, este nunca llega a producirse. Sería la necesidad de Nita, sus propios deseos, lo que la llevaría a montar y desmontar una y otra vez en su imaginación lo que podría pasar entre ellos, si se diese tal circunstancia.

Parece ser que los traumas sexuales producen en las víctimas una desconexión con su propio cuerpo. La insatisfacción sexual podría instalarse, por tanto, de modo permanente. Lo traumático es tan simple, a veces, como una contradicción entre la moral y los impulsos. Algunas escenas de la función de Intemperie eran muy gráficas, consecuentes con esto mismo, que a todos nos afecta. En una sociedad que incita al consumo desenfrenado de todo tipo de placer, siempre y cuando genere beneficios, lo reprimido tiende a salir a flote de algún modo, como los deshechos pestilentes tras las inundaciones. El miedo a ser, eso tan humano, tan constitutivo, nos deforma. Por el pavor de mirar lo que somos, por ese enigma perenne, deambulamos ciegos, abocados a nuestra desgracia y la de los otros, incluida la de los ‘nuestros’ -esa apreciación tan abusiva e injusta de la querencia, de lo consanguíneo-. La supremacía de unos seres sobre otros, apoyada en cualquier razonamiento, ejercida con cualquier excusa, debe identificarse siempre como violencia o abuso. Obligado pedir permiso, recibir clara licencia, ponernos de acuerdo en lo mutuo, medir siempre nuestros actos para poder asumir las consecuencias. Este sería un buen código, en mi opinión, evitaríamos lacras tremendas como el machismo. Pero, antes, hay que saber de la causa y la consecuencia, que es lo que articula el conocimiento. Si no se trata un tema, si no hay libertad para debatirlo incluso en las escuelas, será siempre algo sin resolver que generará sufrimientos inútiles. También dará pie a lo monstruoso: el morbo, por el que babea el pervertido y con el que se lucran los negociantes sin escrúpulos, la mirada externa, sin análisis, sin comprensión, sin empatía. La apetencia sin freno, el vicio.

Cualquier daño causado a un semejante tiene que ver con el individualismo exacerbado, con lo egocéntrico. ¿Nacemos ligados los unos a los otros, conectados a través del cordón umbilical de nuestras madres? La cultura del apego funciona, hace girar los engranajes de la reproducción, la vida se regenera. ¿Pero permanece protegida? Eso, al menos, es lo que socialmente interesa creer, a consta de lo que sea, incluso de la confusión más absoluta.

¿El incesto debe considerarse como parte de la libertad y de la autonomía personal? ¿Cómo proteger a los menores de sus congéneres? Pese a ser reprobada socialmente, esta conducta incestuosa se manifiesta más a menudo de lo que se quiere admitir. Los conocedores y los testigos miran para otro lado. Son hechos silenciados por la vergüenza que acarrearía evidenciarlos. La sociedad no está preparada para lidiar con lo inevitable, prefiere ponerse una venda y taparse los oídos. Habría que admitir los hechos, mirarlos bajo una lupa y trazar un mapa minucioso que nos colocase lo más a salvo posible.

La normativa legal vigente, los códigos morales, deberían estar en revisión constante. ¿A dónde acudir para resolver dudas vitales de esta índole? El ejercicio del libre pensamiento y el debate no están contemplados en los planes de estudio. Eso sí, estamos sometidos a un estricto sistema de imposiciones y condenas. Todo tiene un precio. Para pagarlo, no nos alcanza con nuestra escasa fortuna. La vida es corta. ¿Es preferible saldar las deudas adquiridas con la sociedad o las que vamos acumulando con nosotros mismos?

Con esa disyuntiva finalizo la crónica. Ojalá el proyecto Pavón Teatro Kamikaze llegue a buen puerto, pese a las dificultades que entraña tan encumbrado objetivo. Disfruto su programación. Es variada, pero selectiva. Ponen el foco en artistas que despuntan, por supuesto, pero también en otros no tan conocidos que tampoco defraudan, que interesan, que sorprenden, que aportan la veracidad necesaria, la belleza imprescindible. Incluso que se crecen y nos desbordan.

foto: © Lau Ortega
Andrea Trepart y Juan Trueba
Andrea Trepart y Juan Trueba
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