SEA WALL

Versión y traducción: NACHO ALDEGUER
Autor: SIMON STEPHENS

Dirección: CARLOS TUÑÓN

Reparto: NACHO ALDEGUER

A veces, los finales son principios, como si el tiempo entrase en bucle para crear eso tan conceptual que llamamos infinito. Escribo esta crónica tras observar durante un rato una fotografía instantánea que un desconocido me hizo y me regaló la otra tarde, de esas que se revelan solas, que solo necesitan un lugar oscuro, que se las tape, y la espera.

Me llamaron “lideresa” por tomar la iniciativa de esperar en los jardines de Teatro de La Abadía sin instrucciones previas. Había llegado temprano a una experiencia teatral muy particular que iba a tener lugar en otro apartado del jardín, bajo unos toldos azules que me parecieron las velas de algún barco naufragado. En ese rincón reservado y aún inaccesible, dos hamacas blancas se mezclaban entre sillas oscuras de diversa índole, reunidas en semicírculo bajo esa techumbre también de tela. Por encima, el cielo. Nos habían convocado justo al atardecer. Éramos un puñado de periodistas o similares -profesionales como yo, actriz empeñada en narrarme como público de experiencias teatrales-.

Esta experiencia en concreto parecía desvestirse de lo teatral, aunque se programase en el recinto exterior de un teatro. Mientras esperábamos, fuimos atendidos, se nos advirtió sobre la conveniencia de esa espera, se invocó por escrito a nuestro estado anímico más relajado y a nuestra apertura a la maravilla, que se esconde siempre en medio de la vida cotidiana. En todo momento se nos trató con cercanía, se nos habló directamente, incluso hubo contacto físico.

Si un desconocido quiere entablar conversación contigo, lo habitual es que se oponga cierta resistencia, no por nada en concreto, sino por la falta de costumbre. Esa tarde, sin embargo, nos resultó fácil intercambiar impresiones primero, saciar la curiosidad después y por último preguntarnos mutuamente los nombres. Hablo del encuentro de otro “espectador” conmigo, no de la obra. Aunque yo diría que estábamos ya inmersos en la experiencia artística y que se difuminaban las fronteras, todo tenía que ver y resultaba contagioso: la hora, el desconocimiento, la expectación, la curiosidad, la novedad… También Nacho Aldeguer vino a presentarse, aunque no con su nombre de actor, sí con su mirada intensa, su curiosidad y su necesidad de narrarnos una historia, hecha suya por obra y gracia del hecho artístico que nos había congregado y que iba a tener lugar en breve. Nos obsequió con esos instantes de cercanía y le seguimos, como las ratas que escaparon de ahogarse siguieron al flautista, sin saber por qué, hipnotizadas e infantiles.

Llegó el desconocido y nos habló de su vida. Hablaba con la palabra ligera, como si el pensamiento se lanzase a un hueco tan profundo que la caída a la palabra se asemejase a un vuelo. Caímos juntos esa tarde, como cayó la luz lenta y silenciosa, hasta dejar negro el cielo. Volamos esa tarde, ingrávidos, por eso las velas sobre nuestras cabezas, protegiéndonos del cielo. Terminada la historia, nadie quiso moverse de inmediato, quedamos ensimismados, estremecidos, cada cual con su herida entre las manos, sin saber qué hacer para ocultarla. Sumida en este estado, vi alejarse por el portón de los jardines al joven entrañable que había tenido a bien mostrarnos ese agujero negro que le ocupaba el centro del cuerpo.

Para que una criatura miedosa se meta en el agua o se lance al vacío, en ocasiones es lícito distraerla, llevarla atrás en el tiempo con un recuerdo que la impulse, de otro modo quizá no salte, tal vez la pueda el vértigo y no sea capaz de imaginar un fondo semejante al que no se adivina a simple vista en lo alto de un precipicio. La vida es sorprendente y atroz, mágica y finita. Nos dejamos llevar, y le damos la espalda a esa terrible noticia de que la vida se acaba, la de todo lo vivo, incluso la del planeta. Solo cuando nos hiere, cuando el hecho de la muerte no nos es ajeno, nos despertamos de este sueño voraz que nos engulle hasta hacernos desaparecer por completo. ¿O no? ¿Dónde permanecemos? ¿De qué modo?

Hay instantes que se recuerdan de forma nítida, con detalle, momentos de vida que nos dejan su impronta. Hay vivencias que nos trascienden, durante las que nos abandonamos a la experiencia sin ambages, porque quedamos atrapados en esa experiencia, sin capacidad de reacción inmediata, abandonados a la vida sin corazas, dejándonos atravesar por la vida de parte a parte sin emitir un sonido. Si el acontecimiento nos hiere y no sangramos instantáneamente, no quiere decir por eso que no haya herida y que no moriremos como todo el mundo, desangrados. Si no huimos del incendio porque nos lo impiden nuestras raíces, la devastación, desde nuestro punto de vista, será gigantesca. Seguiremos deambulando por la calle como sonámbulos, tras la contienda, con el agujero en el centro del cuerpo sin cubrir, a la intemperie. Sin que el agujero cierre, puede que un día seamos capaces de narrar la historia, nuestra historia personal, tan semejante a la de aquel desconocido. Entonces se obrará el milagro: durante lo que dure la narración del recuerdo nos sentiremos unidos los unos a las otras, haremos causa común, la Humanidad tendrá sentido.

Estas propuestas artísticas en las que “la cuarta pared” queda derribada y transformada en polvo de estrellas -que es lo que esencialmente somos-, que nos permiten inmiscuirnos en el hecho artístico de forma discreta, de modo que nuestra presencia aporte y no sea ruido, esta forma de entender el hecho teatral, tiene mucho que ver con el origen del teatro, con lo ritual y lo telúrico, con la narración oral y con la capacidad de transmitir entendida como una cura. La catarsis no siempre tiene que suponer un revulsivo, puede ser también una transformación del ánimo profunda y lenta que toca fondo en lo emocional y nos impulsa a alcanzar las cimas más altas del pensamiento crítico.

Hay una herramienta primordial que nos debería distinguir como seres pensantes y es, precisamente, la empatía, la capacidad de entender la emoción del otro, de identificarte con ella, de emocionarte con el otro. “Únicamente lo que es otro nos convierte completamente en nosotros mismos.”

Y, regresando al principio de este artículo: Tras la “función” me levanté y, como pude, me interesé por un cuaderno en donde alguno de los espectadores estaba escribiendo. Entendí que le dejaban un mensaje a ese desconocido que había compartido con nosotros su arte y que acababa de dejarnos hacía unos minutos escasos. Sin pensarlo ni un instante le escribí esta frase: “Mi recuerdo era mi hija. Mi hija está viva. Te la regalo.” Más tarde pensé que era un sinsentido. Pero tal vez no. Los finales son principios.

Al día siguiente, regresé a Teatro de la Abadía para asistir a una función de Un roble, de Tim Corach, también teatro inmersivo, y dirigido, igualmente, por Carlos Tuñón. El intérprete era otro, sin embargo, un actor para mí no tan desconocido, Luís Sorolla; pero se esperaba también a otro intérprete sorpresa, cada día a uno distinto. Y este misterioso actor agregado sería, al final, el verdadero protagonista de la historia. A veces, los finales son principios…

Crónicas

Por MJ Cortés Robles

CRÓNICAS DEL Teatro de La Abadía

Imagen

© Teatro de La Abadía​

Números anteriores

.