Laberinto, de NATALIA FERNÁNDEZ

CRÓNICAS DE Sala Cuarta Pared

Por Evelyn Viamonte Borges

Fui a ver Laberinto de Natalia Fernández dentro del ciclo MoverMadrid que organiza La Cuarta Pared de enero a junio. Como espectadora la danza que pondera el cuerpo virtuoso hace tiempo dejó de interesarme, ahora busco algo mucho más raro y difícil, no busco cuerpos que sepan moverse, sino cuerpos que me muevan. Así que cuando terminamos aquel viaje a través del laberinto que nos propuso Natalia, mientras ocurría el encuentro con el público, aprecié también la inquietud de donde le nacía esta pieza y la manera en que ha tocado a los cuerpos de otros bailarines llevándolos hacia esa inquietud o cúmulo de inquietudes originales.

Hay en Laberinto esa inusitada belleza que ilumina los cuerpos imbuidos en una extraña ineficacia, en la imposibilidad de llevar a cabo una acción, un gesto, como si se vieran forzados a seguir rutas indirectas, como cuerpos pertinaces, obcecados en conseguir lo inalcanzable.

Primero fue el cuerpo, dice Natalia, siempre esa realidad de la cual no podemos desprendernos, que no se contempla desde ningún punto de vista sino que se participa de ella. Así que primero es el cuerpo, pero luego el espacio, en ese descubrir la danza, la necesidad del movimiento y el descubrirlo también en otros cuerpos en el espacio. El movimiento nace entonces como fracturado y fluido al mismo tiempo, como si siguiera una dirección que en un determinado momento se tuerce por la decisión de tomar otra nueva dirección. Entramos así en ese laberinto que nos propone la pieza, que vemos desenvolverse ante nosotros desde el cuerpo hasta el espacio hasta tocarnos el pensamiento.

Viene a mi memoria sin querer aquel ejercicio de Hijikata Tatsumi en el que pedía poner la atención en un punto en el cuerpo y una dirección en el espacio; luego ese mismo ejercicio derivando hacia un cuerpo que duda constantemente, al que no le convence ninguna dirección porque todas son erróneas, con lo cual el cuerpo entra en una dinámica de direcciones inapropiadas que son abandonadas en pos de otras que también se abandonan. Es como construir un especie de laberinto, ahora que lo pienso. Tomar una decisión significa abandonar todo lo demás.

El texto también tiene una presencia importante en esta pieza; el texto que también ha venido a escena invitado por la necesidad, nos confiesa Natalia, que deriva de las varias etapas que ha tenido el proceso, una residencia aquí, un encuentro allá, idas y venidas de intérpretes…

Laberinto termina con una especie de cuestionario que va tomando tono de interrogatorio hasta que el cuerpo y la voz de Natalia arriban por fin al agotamiento. Entonces hay silencio, nos miran a los ojos, desde sus cuerpos a los nuestros, los torsos desnudos, en un silencio tan largo que se me hace interminable. Silencio, centralidad vacía, cierre formidable para este laberinto.

Imagen : Jota Garcia
Derechos de autor:@jotagarciaphotography

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